martes, 13 de mayo de 2014

Ser niña en Africa

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El viento mecía sus cerrados rizos, gruesos como un tirabuzón. Su mirada se perdía más allá del valle, al otro lado del rio, donde el verde se transformaba en ocre.
De fondo el sonido de la pistola de agua que su madre utilizaba para lavar el coche.

Parecía una niña más. No lo era.
Shelma era una pequeña con estrella. Tenía tres deliciosos años y en sus genes toda la sabiduría swahili.
Selena, su progenitora, se afanaba en dejar impecable el oscuro jeep. En la puerta del conductor grabado en blanco el nombre de una escuela de hostelería. Ella también era una mujer con estrella.
Selena nació en una aldea mísera cercana a la ciudad costera en la que ahora vivía. Su estrella apareció en el mismo instante en que Margaret  Katowice llegó a su vida. La polaca la apartó de una terrible “costumbre” instaurada gracias a un mal llamado miseria.
La aldea de Selena se hallaba próxima a una importante zona de turismo de alto nivel económico. Los carísimos lodge eran  ocupados por algunos  hombres de vomitivos caprichos.
Selena era la menor de seis hermanos. La mayor de todos ellos, cuando tan solo contaba  doce años, fue  agasajada  con gran cantidad de regalos. Los presentes los traía un hombre de lengua desconocida.
La hermana de Selena fue recibiendo regalos a lo largo de varios meses. Llegado agosto, recodaba con tristeza  como una mañana, fue lavada y vestida  como para una gran fiesta. El hombre de lengua desconocida la recogió en la puerta de la choza y en un lujoso coche desaparecieron.
Regresó  tres semanas más tarde.
Durante meses la hermana de Selena no habló. Durante días no comió ni derramó  una sola lágrima.
Selena supo que más niñas de su aldea eran agasajadas y recogidas por hombres de lengua extraña. Era una nueva “costumbre “ en su pueblo. Un ruin intercambio que daba de comer a las familias durante buena parte del año.
La suerte de Selena hizo que Margaret descubriese su potencial antes que aflorase en ella algún signo de pubertad. La mujer de rubios cabellos amadrinó su educación. Con gran esfuerzo convenció a sus padres para que estudiase en la ciudad. Cursó un grado superior de hostelería a cambio del trabajo en la limpieza de la cocina del centro. Fueron años duros en los que Selena echaba de menos a sus hermanos, pero fue salvada de ser una más de las niñas prostituidas en la costa del Indico. Hoy lava el coche de la escuela de hostelería de la que es directora. Junto a Margaret vela por llevar,  a sus aulas y al internado,  a todas aquellas pre adolescentes  posibles víctimas de  ese detestable delito.
Margaret recorre día a día las aldeas convenciendo a los padres  de la importancia de la educación en las niñas. Lleva más de dos décadas, sembrando la idea de que la  mujer no es una carga sino un tesoro para la familia y la sociedad arcaica en la que se mueve.
Shelma conocerá esta cruda realidad cuando su madurez se lo permita. Su madre se lo transmitirá para  que continúe el camino emprendido por la doctora Margaret Katowice.
El viento que mecía los cerrados rizos, gruesos como un tirabuzón, llevaron a Shelma la voz de su madre. Sonrió. Finalmente había descubierto la figura del hipopótamo en el rio. Se levantó. Corrió hacia el coche y abrazó tiernamente a su madre. Su instinto le dijo que estaba protegida de todo mal. La estrella llamada Margaret siempre le acompañará.

Hoy son muchas las estrellas que brillan en Malindi.