martes, 22 de abril de 2014

Papel de seda verde...



En la cuesta de Morón ella miraba con intensidad los lomos de los usados libros. El sol era intenso y daba calor a la mañana. Tres coquetas casetas mas arriba  y sus ojos se abrieron con fuerza. El hecho era real pero insólito. No podía creerlo.

Se atrevió a cogerlo con manos temblorosas. Lo abrazó con fuerza y abrió su tapa. Pasó la página en blanco y  pudo observar como el paso del tiempo no había borrado la dedicatoria. Por primera vez en veinte años volvía a releerla. Sintió cada palabra con pasión. Parecía que el azar, hostil en ocasiones, le enviaba una señal. Esta vez debía acogerse al destino y ser feliz.

Pensó en la primera ocasión en la que navegó por sus páginas, en las primeras noches en vela por una historia que la atrapaba. Sus ojos brillaron al recordar con que delicadeza  redactó la nota que confería a este ejemplar el valor de ser único.
 
Recordó el papel de seda verde que un día lo envolvió, el amor con el que lo regaló...

Pero el destino quiso que el libro y el destinatario desapareciesen de su vida en  otoño. Fue un final doloroso, pero no traumático. Ella siguió deseando más noches de insomnio.

Hubo más libros, más destinatarios, aunque ninguno de ellos tuvo la fuerza que contenía el primero.

Tomó el metro, entró en su coqueto y luminoso apartamento. Abrió un blanco cajón y extrajo un pliego de verde papel. Sus delicados dedos envolvieron  de nuevo el ejemplar. Una llamada telefónica, un cambio de vestuario y  de nuevo el metro la acogió.

Empujó la puerta del Gran Café, sabiendo que el ejemplar que acariciaba entre sus manos y el hombre que la miraba intensamente, eran lo que ella siempre había soñado compartir.

Atravesó el salón y en unos segundos su mente evocó algunos párrafos:

Laberinto mágico de palabras, camino plagado de ideas y sentimientos, cofre de sorpresas en cada pagina.
No hay mal que no mitigue un libro.

Laberinto mágico de palabras que en nuestras manos pasan de ser papel a dar vida, avivan el seso y despiertan. Libros que, ni la utopía del viento, dejarán relegados a un rincón. Continentes que narran historias que nos hacen volar, reflexionar, reír, llorar o enamorar.

Ahora si estaba segura.

Un abrazo, un beso y un libro bajo la verde seda se reencontraban con la vida.

lunes, 14 de abril de 2014

Toda una vida de ...amor





Arguese se sienta en su viejo sofá. Es sólido, de buen material, inquebrantable al tiempo. El mueble es como quien lo construyó, como él mismo.

Coge entre sus manos un delicado cuenco de fruta, en su mayoría mango.

Dulce instante para reflexionar sobre el día transcurrido. Misa y desayuno, trabajo en la catedral a primera hora, comida temprana y reunión con el Consejo del Agua para trazar nuevos proyectos. Ha sido un día cualquiera, en la vida de un hombre que debería aparecer en los titulares, de los medios de comunicación  diariamente.


Es el padre Arguese, uno de los muchos religiosos o laicos que consagran su vida a los demás. Su paso por tierras kenianas, ha supuesto un cambio radical en la calidad de vida de miles de personas necesitadas. Pocos le conocerán en los países desarrollados o incluso en el mismo continente africano, pero este italiano es un héroe.

El padre Arguese fue enviado por su congregación a la comarca de Tuuru-Merú al oeste de Kenia. Los Combonianos habían creado en este punto, un centro para el cuidado de enfermos o afectados de poliomielitis. Cuando Arguese llegó su sorpresa fue mayúscula. Observó que el agua era un bien de lujo en esta comunidad. Su sorpresa llegaba, pues la aldea, estaba situada a los pies de una montaña frondosa, en un punto rico en precipitaciones. Los habitantes del poblado llamaban al pico “La Montaña del Agua”. ¿Cómo era posible tener tanta cantidad de líquido elemento y sin embargo recorrer varios km diarios acarreando agua para poder beber, asearse y regar la tierra?



El padre observó que la mayor parte de las fuentes de agua se hallaban en el lado opuesto de la montaña, lejos del poblado. Esa era su misión, pensó,

había sido enviado allí para solventar el problema.

El italiano recorrió la base del monte aferrado a una varilla de madera.Arguese es tahúr. 
Observó gratamente que en las cercanías de las casas, el agua, también podía brotar.
En sus horas de estudio de la zona, ideó un sistema de aprovechamiento y canalización del agua pionero. Consultó con varios ingenieros amigos y decidió poner en práctica su teoría.

No le fue sencillo dar los primeros pasos, convencer a los habitantes de la zona. La Montaña del Agua era considerada sagrada y trabajar en ella no estaba bien visto.


Con la ayuda de tan solo una docena de hombres comenzó a horadar un túnel que atravesaría la roca. Con sus propias manos lo finalizó. Ahí se iniciaba el gran proceso, la gran revolución.

El agua de lluvia depositada en hojas y tierra se filtra gota a gota por el túnel horadado. Un canal la recoge y dirige a tuberías mayores. Se construyó un pequeño embalse que guardaba el agua. Una presa lo regula según la necesidad. A través de recorridos naturales apoyados por canales el agua llega finalmente a la aldea.

Ese fue el inicio hace 40 años. Hoy se han construido dos embalses, tres presas y una red de abastecimiento de agua que beneficia a más de medio millón de personas y cultivos.
El padre Arguese ha dedicado su vida a las gentes que pueblan una tierra roja, en un lugar remoto llamado Tuuru-Merú. Nada ha sido sencillo.

Durante cuatro lustros ha peleado contra la climatología, las costumbres, la falta de apoyos económicos del país donde trabaja y la indiferencia de los países desarrollados.
Pero también ha logrado con su agua en fuentes públicas o en las puertas de las chozas, dar vida a sus compañeros de viaje.

Sobre todo ha conseguido que muchas niñas puedan estudiar. Esto es algo extraordinario en África pues el tiempo que una mujer dedica a llevar agua al hogar ahora lo puede aprovechar en su formación. En este continente la mujer es la encargada de cocinar, limpiar, llevar el agua, acarrear leña y hacer el fuego, cultivar la tierra y cuidar de sus hijos. No hay tiempo para su formación.

Arguese se siente orgulloso de haber contribuido a posibilitar un futuro más alentador a muchas de esas mujeres.

La casa del padre comboniano es ejemplo de serenidad y felicidad. Tiene 82 años aunque su físico no los muestre. Es un hombre fuerte, vital y enérgico. Cuando los miembros de las ONG, como Manos Unidas, que apoyan económicamente sus proyectos, le visitan, sigue una aleccionadora liturgia. Muestra su estudio pleno de embalses, presas y canalizaciones. Sube al jeep y por el empinado camino acompaña a los visitantes al origen del milagro, al túnel bautizado como “Juan Pablo II”. Recorre a pie presas y pantanos y al regresar de nuevo a su estudio la indicación es visitar el Consejo regulador del Agua. Es otra de las grandezas de Arguese: su humildad y su lógico razonamiento.


El mismo ideó el Consejo para que fuesen los propios habitantes de la comarca quienes controlasen el consumo, los gastos o beneficios de la obra hidráulica.

Para los habitantes de Tuuru-Merú y para quienes le conocen, Arguese es más que un hombre. Ha dado agua y esto en África es VIDA.

Su ejemplo de tenacidad, fuerza y fe es amor a la vida. Arguese ama para vivir y vive para amar sin esperar nada a cambio.

Comerá las frutas, leerá los evangelios, dormirá y mañana de nuevo retomará su hermosa rutina. Misa, desayuno y trabajo en la catedral que está construyendo con sus propias manos desde hace diez años.

Los niños lo llaman el padre que todo lo consigue